Ensayo sobre lo correcto
Ensayo sobre lo correcto
Mi ensayo es un debate, un diálogo interno que, si bien sus conclusiones deberían aplicarse al mundo interno de cada uno, también deberían aplicarse al mundo exterior. Se trata, ni más ni menos, que de tratar de dilucidar cuál es o debería ser el principio que todo acto realizado por el ser humano destile. La audiencia a la que se dirige es cualquier ser humano que haya alcanzado el nivel de madurez suficiente como para saber que lo correcto es hacer lo correcto. Es decir, mi audiencia es aquellos que quieren hacer lo que es correcto.
Hay algunas preguntas que deberíamos resolver o, al menos, plantearnos en nuestro camino a la búsqueda del ideal que perseguir a la hora de actuar. Debería ser el principio que mueva nuestros corazones y, a su vez, un principio al cual nuestra razón haya dado su aprobación para que así sea. Es decir, debe ser un término que, de manera coherente, permita a la razón y al corazón actuar de manera armoniosa. Debe ser un valor que, como se argumentará a continuación, nazca del corazón y sea aprobado con la conciencia, es decir, una pasión moral. Repito, es un debate conmigo mismo, que no una discusión. Los debates son algo que, ontológicamente, tiene sentido debatir. Las discusiones, a contrario sensu, no tienen sentido a mi parecer. Siempre es legítimo debatir, aunque es discutible la cuestión de si tiene sentido. Distingo aquí entre debate y discusión, alegando que el debate es siempre pacífico en el tono y las herramientas. Esto se debe a que, idealmente, en un debate no se busca tener razón, sino la razón en sí misma. No se parte de la razón a los argumentos, sino al revés. En una discusión, por contra, se parte de la “certeza” que creemos tener para convencer al otro, y, es en base a esa certeza que se buscan los argumentos. Es debatible el hecho de si debemos discutir o no, es indiscutible que discutir con uno mismo no tiene sentido. No tiene sentido enfadarse con uno mismo o tratar de encontrar el camino a A o a B. Lo que tiene sentido, es encontrar A o B, es decir, llegar al mar por el curso natural del río (debate), y no – yendo a contracorriente – al revés. De esta manera, lo que tiene sentido, es encontrar el camino para llegar a A o B, sin saber previo a empezar el recorrido si llegaremos a A o a B.
Para hallar el principio que debe mover los corazones y las conciencias (de ahora en adelante, “los motores”) lanzo al aire la siguiente cuestión:
¿Qué pulsiones pueden mover los motores?
Se me ocurren infinitas pulsiones y direcciones a las que se pueden dirigir los motores. Sin embargo y, al mismo tiempo, solo se me ocurren dos. Quiero decir, si imaginamos los motores andando un camino, mientras sigan recto, podrán girar infinitas veces a izquierda o a derecha, no obstante, solo podrán girar a izquierda o a derecha.
Quizá sea la manera en que se configura el universo y/o la única en que pueda configurarse un universo. Lo que es seguro, es que es la manera en que el conocimiento humano y su forma de entender el mundo está configurado. No me importa (es otro debate) si es la mente humana la que configura y entiende el mundo a través de dualidades, o si, efectivamente, las dualidades configuran el universo, me importa saber a qué dualidades pueden responder los motores para moverse a izquierda o derecha. De nuevo, pregunto: ¿qué pulsiones pueden mover los motores? ¿cuál es la primera izquierda y derecha con que se encuentran los motores en su camino?
Para responder a estas preguntas, planteo las siguientes ¿cuál de los dos motores arriba mencionados es el primero de los motores? ¿Acaso no son dos engranajes de un mismo motor.
Definamos, para empezar, los motores de la manera a que a este autor interesa y conviene:
- Conciencia: Embalse de la moral. Conocimiento del bien y del mal (ya cultural, ya epistemológico, ya social, ya biológico…) que juzga en base a ello nuestras actuaciones pasadas, presentes y futuras, y, por tanto, que tienen peso a la hora de obrar de una u otra manera.
- Corazón: Embalse de las pasiones. Recipiente en que residen las pasiones que nos hacen querer obrar de una u otra manera.
La respuesta a si son motores distintos o engranajes de un mismo motor la encontramos por omisión en las definiciones dadas, en aquello que falta de las definiciones. Es de Perogrullo que, sin un sujeto que esté sujeto a estos motores, dichos motores no tienen sentido. No se trata de motores, sino de una persona a la que mueven factores internos (conciencia y corazón) y externos (conciencia y corazón ajenos, costumbres, leyes externas…). Por el momento, nos centraremos en los factores internos sin perjuicio de dirigir nuestra atención a los externos más adelante. Ello es debido a que los factores externos que nos mueven y juzgan, proceden de los internos. El corazón le dice al alma lo que siente. La conciencia le dice al alma lo que está bien o mal. El corazón puede sentir de múltiples formas, pero toda emoción que lo cruza nace de la dualidad AMOR-ODIO. La conciencia puede juzgar como lo que para sí es BUENO-MALO. Por tanto, ya tenemos por intuición la IZQUIERDA-DERECHA del corazón y la conciencia. No quiere decir que el humano se mueva por lo que cree que es bueno, no quiere decir que al ser humano le mueva el amor, pero sí que el ser humano se mueve (no significa que en dirección a estos, puede ser que el amor paralice, haga huir, o, incluso, odiar) a causa del amor-odio y de lo bueno-malo. Diremos que, al ser humano, como conjunto, le mueven las pulsiones VIDA-MUERTE. Podemos alinear pues, las pulsiones positivas a un lado, y las negativas a otro:
VIDA-AMOR-BUENO / MUERTE-ODIO-MALO
Digamos que todo cuerpo-mente (en adelante, “alma”) virtuoso tiende a la
vida. El instinto de supervivencia es
aquel primario del que nacen el resto de los instintos, y del que nace el amor (amor por/a la vida).
Si hemos de jerarquizar de alguna manera los
términos alma-corazón-conciencia, debemos fijarnos en cuál de ellos es
más importante, dicho en otras
palabras, cuál puede subsistir sin el otro. Sin vida, no hay amor, sin amor, no hay bien. Desarrollando esto (que por
intuición) que hemos dicho, es decir, racionalizando,
encontramos que, sin vida no puede haber amor, pero es que, sin amor (pasiones) que muevan al ser a actuar de
una u otra manera, no habrá acto juzgable por
la conciencia como bueno o malo. Hay seres que no juzgan sus actos como
buenos o malos, sin embargo, son
movidos por pasiones e instintos. Por tanto, la jerarquía es la siguiente:
I.
VIDA-INSTINTO-ALMA
II.
AMOR-PASIÓN-CORAZÓN
III.
BUENO-JUICIO-CONCIENCIA
Bien, para encontrar el valor o principio que debe ser supremo en la
sociedad y que todos los hombres
correctos debiéramos acatar en nuestro fuero interno y externo, debemos entender que este debe estar
alineado con la Vida, subsidiariamente, con el
Amor, y, por último, con lo que creemos Bueno.
Aunque lo narrado hasta ahora pudiera parecer omisible, no lo es tanto, pues, hemos descartado la mitad de los términos conocidos y por conocer (la mitad de las dualidades, la izquierda), y hemos puesto tres requisitos a que debe atender nuestro ansiado valor. Debe ser un término (sustantivo común), que, respetando al alma, al corazón y a la conciencia, pueda articularse mediante palabras en el artículo 1 de una imaginada perfecta Constitución. No ignoro que, las Constituciones modernas actuales ya han “resuelto” este debate. Por ello, me serviré de la Constitución española, la cual reza lo que sigue:
“Artículo 1
1.
España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna
como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.”
Extraemos los siguientes principios del arriba transcrito artículo:
socialismo, democrático, libertad,
justicia, igualdad y tolerancia. Todos estos valores buscan o tienen como pulsión la supervivencia,
nacen del amor, y actúan conforme al bien. Si un acto se realiza de manera socialmente aceptada o consensuada, de
manera democrática, libre, justa,
equitativa y tolerante, seguramente sea un acto que va acorde a la naturaleza del
alma. A modo de resumen,
decimos que el principio que deba mover todo acto, debe ser un principio que busque la
supervivencia propia (quizá a través de la colectiva) y a través del amor y el bien. Se escapan de
este discurso los principios de socialismo y
democracia, pues, buscan la supervivencia del colectivo, y, con esta, la
propia, pero no la propia por la
propia, y, subsidiariamente la colectiva. En este monólogo, partimos de la premisa de que es el principio interno
aquel que debe configurar los externos. No olvidamos
que el ser humano necesita de los otros para la supervivencia. La anterior sentencia cumple una doble función:
expresarse a sí misma, y, en lo relativo a nuestra búsqueda, reducir el marco (añadir una exigencia) al principio
que buscamos. Pues este, debe
respetar, además de la naturaleza humana (supervivencia propia, amor, bien), la naturaleza humana de los otros
(supervivencia ajena, amor ajeno y bien ajeno). Ahora sabemos que, por interés propio, el principio que escojamos como
“supremo”, debe tener en cuenta el
interés ajeno en sí mismo también. Por ello, socialismo y democracia no caben como “El
Principio”, pues, socialismo y democracia buscan
el bien de todos y, subsidiariamente
con ello, el individual, y no al revés. Nos quedan pues, cuatro principios individuales candidatos a ser “El Principio”, a saber:
la libertad, la justicia, la igualdad y la tolerancia.
Empezaremos, de manera aleatoria, por la igualdad. ¿Qué es la igualdad? Igualdad se define (acepción que aquí interesa) como “principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones”. Esto no es posible, no todos tenemos los mismos derechos, o, mejor dicho, no todos los derechos que tenemos por igual nos dan los mismos derechos. Así, por ejemplo, si bien todos tenemos derecho a la herencia, no todas las herencias nos otorgarán los mismos derechos. Y lo mismo ocurre con las obligaciones, no son las mismas para un padre de familia que para alguien que no lo es. No existe, por tanto, más que idealmente, la igualdad. Igualdad para los iguales, lo cual, es contradictorio en sí mismo. No existen dos personas iguales. Puede haber personas que están en situaciones paralelas, mas no iguales. ¿Igualdad de qué, y para qué? A menos que queramos subsumirnos en un sistema comunista, no podemos tratarnos como iguales. Las leyes no deben tener por objeto dar y tratar con igualdad a todos sus súbditos. La ley debe de preocuparse por gestionar de la misma manera dos situaciones idénticas, mas, con las personas no ocurre que seamos idénticas, pueden serlo las situaciones, no las personas. Por ello, debemos descartar la igualdad.
Yo no quiero
igualdad. No quiero que todos pensemos, aparentemos, soñemos, comamos… de igual manera. Quiero que se
nos juzgue de igual manera, si cometemos actos
idénticos. Quiero, en otras palabras, justicia. Por ello, he descartado la
igualdad, pues, realmente lo que
rescato de ella no es la igualdad pura y como ente. ¿Igualdad de qué? No quiero igualdad, quiero justicia.
Hay una desvirtuación de la igualdad, que seamos
todos iguales es un término que, aunque lo ansía el corazón, no puede otorgarlo materialmente y, además, hace saltar las
alarmas de la conciencia. Prueba de que la igualdad
no es posible, es tratar de discriminar positivamente a una persona para que
sea igual que el resto, esto
resulta, en un trato desigual a una persona desigual para lograr la igualdad,
mas, con ello, se logra un
trato desigual para/con el resto.
Para concluir, no debemos hablar de igualdad, sino de justicia ¿Es acaso el valor supremo que andamos buscando? Pudiera, al menos para la conciencia, parecerlo, pues, lo justo, siempre ha de ser bueno, por tanto, lo justo siempre será aprobado por la conciencia. Sin embargo, nada tiene que ver lo justo con el amor ni con la supervivencia de uno y de los otros. Es más, no hay nada más injusto que el amor con el que unos nacen y otros no, con el amor que a unos corresponde y a otros no, con el amor de Dios del que unos se nutren y otros no. Tampoco nace del instinto de supervivencia propio, quizá del común. En una isla desértica en la que yo esté solo, no necesito justicia, es más, no puede existir. La justicia, para ser aplicada, necesita de una sociedad, es decir, la justicia es (así como el socialismo y la democracia) un valor que apela, quizá, al instinto de supervivencia de lo común, y, al ser lo propio parte de lo común, también al ser propio, pero no va de lo propio a lo común, como sí lo hace, por ejemplo, la libertad. Por ello, y porque la justicia no siempre actúa conforme a las pasiones del corazón, no podemos considerarla en base a los requisitos y marco que nos hemos puesto, el valor supremo. Recordemos que el valor supremo, debe conectar con el amor y primeramente con el instinto de supervivencia propio, y, solo después, con el común. Decimos que, solo a un nivel de conciencia, puede un acto justo ser bueno, pero no necesariamente amoroso. No somos justos con el resto por amor a uno mismo, a los otros, o a un todo, sino porque, la justicia, que nace del instinto de supervivencia colectivo, quiere protegerse. El instinto de supervivencia común (que no olvidemos que es requisito que nuestro principio se adapte a él, más no que nazca de él) sumado al ideal de igualdad en que el corazón quiere, pero no puede creer, dan lugar a la justicia.
Nos quedan pues, de los valores propuestos, la libertad y la tolerancia. Ya, nada más leer tolerancia, la podemos descartar. La tolerancia no nace de nosotros únicamente, nace de un otro al que debemos tolerar. Si bien cumple los requisitos de bueno y amor (tolero al otro porque es lo correcto según mi conciencia, pero también, porque respeto/amo al prójimo), no nace del individuo, nace del colectivo. Recordemos que estamos tratando del principio inherente al ser humano individual, no colectivo. Es decir, no solo el principio al que deben respetar el resto de principios, sino el primer principio, primero en el tiempo y, primero en importancia. ¿Respeta la libertad a la conciencia? ¿y al corazón? Por último ¿de dónde nace la libertad, del individuo o del colectivo?
Lamento - como liberal libertario que me considero – tener que descartar rápidamente la libertad. En contraposición
a los ya descartados, la libertad se descarta
fácilmente, pues, si otorgamos libertad absoluta a una persona
haciéndole creer que respeta al Alma, al Corazón y a la
Conciencia, esta podrá ir en contra del instinto de supervivencia, del amor y del bien, lo cual, según las bases
sentadas en este ensayo, resulta contradictorio.
¿Cuál podría ser entonces el valor supremo? Quizá no exista por el momento tal término. Quizá el término exacto o el más apropiado sea lo correcto, pero ¿qué es lo correcto? ¿Es acaso un valor? Diremos que sí, y le requeriremos que respete lo que el Alma, el Corazón y la Conciencia dictaminen previo a o tras haber realizado un acto.
Como no podemos saber con certeza el resultado de una acción sin haber realizado la misma, previo al acto, encontramos que lo que importa es que la intención sea la de hacer lo correcto. Tras haber realizado un acto, aún con un resultado dañoso para el Alma, el Corazón o la Conciencia, debemos analizar si la intención fue la correcta. Por tanto, el valor supremo es lo correcto, definido como aquella intención de realizar un acto que busca la supervivencia, primero individual y, después colectiva del ser humano, que busca además amar a uno mismo y al prójimo y, por último, que busca hacer lo que es bueno para uno y para el resto. En definitiva, que antes de haber realizado el acto a juzgar; el Alma, el Corazón y la Conciencia entiendan que es lo más beneficioso para que triunfe la Vida, el Amor y lo Bueno y sin que este acto vaya en contra de nuestro instinto, nuestra pasión y nuestro juicio.
Fdo. Alexito
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